La receta de Mamá en el bolsillo de Frank Sinatra

Si hay algo que me transporta a mi infancia, esa fase de la vida caracterizada por la curiosidad infinita, es el jazz. A la hora del atardecer papá se sentaba en la terraza a escucharlo, un acto casi religioso que se repetía todos los días sin falta. Billy Holiday, Louis Armstrong, Miles Davis, Django Reinhardt, Duke Ellington, Frank Sinatra…  escuché tantas veces su música que a veces creo que eran amigos íntimos de la familia y que, de hecho, los conocí.- ¿Sabías que una vez vino a comer Frank Sinatra a casa? Comimos salmón como lo prepara Mamá. Estaba riquísimo y Frank la felicitó, hasta le pidió la receta y se la llevó a Nueva York. La dobló y la guardó en el bolsillo donde llevaba su pañuelo, ¡la receta de mamá en el bolsillo de Frank Sinatra! ¿podés creer?

Imagino una versión preadolescente de mí, contándole el acontecimiento a alguna amiga con ingenuidad descarada. Mi amiga se muestra indiferente y me dice que juguemos a las mamás. Yo me muerdo el labio y miro hacia el cielo, para luego consentir a duras penas. La preadolescencia es esa fase de la vida caracterizada por la idolatría infinita hacia nuestros progenitores  y todo lo relacionado a ellos. Es la época de “mi mamá me dijo…” y “cuando le diga a mi papá vas a ver lo que te pasa”.

Pero la dulzura dura poco y, ya entrada la adolescencia, los mismos padres que se creían tan afortunados se están golpeando las cabezas contra la pared, preguntándose qué hicieron para merecer tanto desprecio de sus propios hijos. Madres y padres, no se aflijan, es absolutamente normal. Es la fase caracterizada por la negación absoluta de las raíces, de exploración despotricada y torpe. Si tienen suerte, cuando sus hijos lleguen a la década de los 20, ya van a querer volver a casa y descubrirán que comprender de dónde venimos es tan importante para saber quiénes somos como para saber hacia dónde vamos.

– ¿Frank Sinatra? – me pregunta mamá entre risas – Flor, Frank Sinatra nunca vino a comer a casa.

Así como si nada, en frente de mi amiga, me llamaba una mentirosa.

– Ah, ¿no? Bueno, pero sí almorcé en Mónaco con María Teresa de Filippis, la primer mujer que corrió en Fórmula 1 en la historia del mundo– le contesta mi orgullo herido.

Nueve años, los brazos cruzados y el ceño fruncido. La mirada: provocadora, exigiendo respuesta.

– ¿Qué tiene que ver? Sólo te digo para que no inventes historias. En nuestra familia todos inventan historias – me ignora y continúa regando sus plantas.

“…” soy yo. 1989, nacia un nuevo miembro en la familia fantasiosa

Mamá es una experta en el jardín. Mejor dicho, es experta en todo lo que hace, es perfeccionista y autoexigente y puede estar inmersa en cualquier actividad por horas y horas, como en un profundo estado de meditación. Me quedo pensando, ¿somos una familia de fantasiosos? Oma, mi abuela, siempre parte de una historia real pero no puede resistir la tentación de la fantasía mientras construye la historia. Un detalle por aquí, otro por allá, y el público estalla en risas. Ya no importa qué es verdad y qué no. Es una escritora nata, y sus historias (con sus agregados ficticios y todo) son siempre verosímiles y fascinantes.

Papá, a diferencia de Oma, no necesitaba recurrir a la ficción. Como muchos de los grandes hombres del siglo XX, vivió un abanico de experiencias tan variadas que a un joven de ésta época de identidad indefinida se le hace difícil creer que determinados escenarios puedan haber sido ser reales. Escuchar las historias de ese pasado es una experiencia que provoca, sin falta, sentimientos encontrados. Por un lado, la seducción de ese mundo clausurado que resucita momentáneamente en la memoria de quienes lo experimentaron nos invita a seguir escuchando. Por otro lado, la amargura de saber que ese extraordinario pasado de hombres de traje, mujeres de sombrero, aeropuertos de casi nulas medidas de seguridad; esa época de teléfonos fijos y fotografías analógicas borrosas, de cartas de amor transatlánticas se terminó y no volverá a ser jamás. El vacío es infinito para las almas que creen haber nacido en el momento histórico equivocado. A Dios se le traspapeló mi ficha y me mandó de paso por la tierra en el momento equivocado. Surgen pensamientos de este tipo. También diálogos internos con Él.

– ¿Me mandaste a la época de Mc Donald’s y películas hollywoodenses pedorras? ¿De terroristas y mensajes de texto?

Silencio. ¡Qué tipo simpático!

– Ah, ya sé. Me mandaste como informante. Bueno. Acá va: época de identidad indefinida, dudosa y borrosa. Fluctuante a conveniencia. Algo salió mal. Cambio, Fuera, ¿puedo volver?

La verdad es que este tipo simpático, llamále Dios o Ser Universal o lo que quieras, posee una sabiduría profunda como el océano que trasciende nuestras pequeñas reflexiones humanas. Como una madre que observa a sus hijos dar sus primeros pasos con ternura, el universo observa a la humanidad y sus torpes tropezones con la fe de que ya aprenderá. Nadie nace en el momento equivocado, aunque la aceptación sea dolorosa.

Me fui de tema. Volviendo a las historias… cuando era chica, Mamá me contaba las historias de Periwinkle antes de dormir, siempre divertidas y con un alto contenido moral. Ya de grande me di cuenta que Periwinkle era yo y que, a través de la ficción, Mamá me educaba. Papá me contaba historias de su vida: el récord de vuelta en Zandvoort que le ganó ese molino horripilante que está arriba de la chimenea de casa, la hospitalización en la misma habitación que Onassis (se tomaron una botella de Champagne en el hospital), las expediciones nocturnas en París junto a Alfonso de Portago, las olimpíadas de vela, la cruzada del atlántico, el trágico accidente en Le Mans, las aventuras amorosas (sí, me contaba estas historias también), el magnífico velero que fue su casa. En fin, infinitas anécdotas… En este contexto, ¿me perdonan la confusión por lo de Sinatra?

A mí me gusta contar historias. Me gusta entretejer, como una artesana de la palabra, verdad y ficción, fantasía y realidad. Ayuda a silenciar la mente y ordenar todo lo que por allí transita sin permiso. Es que, a fin de cuentas, ¿qué es ficción y que es realidad? Mis recuerdos son igual de confusos hoy que los de esa preadolescente fantasiosa de 9 años que pensaba que Frank Sinatra le pidió la receta de salmón a su mamá. Como una fotografía borrosa o un cuadro en mal estado, los recuerdos deben ser reconstruidos, hay que rellenar los espacios vacíos para poder captar la esencia del momento, y es ahí que la fantasía se convierte en un aliado inseparable.

Soy incapaz de tener pensamientos 100% lineales y coherentes. Soy una incompetente cuando de evadir la fantasía se trata. A decir verdad, la realidad, sin condimentos, me pesa como ropa mojada. Perdón. Ya escuché de todo: amigos que cariñosamente me dicen ”“Flori. Flori y su mundo de ponies voladores y arcoíris dobles. Flori y la aldea global”, las profesoras del colegio preguntando si estaba en la luna o en clase…

Y, la verdad es que tengo un pie acá y otro allá. Y me gustaría que así permanezca, gracias.

El humor de papa en sus albums, no tan decorados como los de mama…
Mufada con Oma

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