Camino por una Biarritz otoñal. El termómetro de la calle marca 18 grados y mi pelo sigue húmedo de agua de mar. Una capa espesa de nubes cubre la ciudad y la tiñe de un color gris azulado. Los turistas claramente prefirieron quedarse en su cuarto de hotel, los locales en el confort de su hogar. Las gotas de lluvia comienzan a rodearme y me siento feliz de tener las calles para mí.
Camino hasta que decido entrar en un pequeño local y comer un crêpe. El mozo me deleita con sus palabras que pronuncia, como todo buen francés, en su incontaminado idioma. qu’est-ce que vous voulez? Con lo poco que aprendí de su idioma, le pido lo que aún no sabía que sería el mejor postre que probaría en mi vida.
Al salir, una brisa transporta una melodía hacia mí. Naturalmente, camino hacia ella. Me voy metiendo en una pequeña calle y cada vez camino más rápido. Comienzo a correr y veo un hombre al final de la calle que toca un piano de cola antiguo. Me acerco hasta sentir su respiración. Lo observo, lleva puesta ropa de mendigo y casi no le quedan pelos en la cabeza. Sus manos son un poema, los dedos se mueven con ligereza. La acústica del lugar es perfecta y me da escalofríos.
Siento que el hombre no percibe mi presencia. Tengo planeado quedarme hasta que él me lo permita así que decido sentarme en el suelo a su lado. Cierro los ojos. Se une a la melodía un clarinete y luego un saxo. Tengo algo en la mano. Abro los ojos: una muñeca. Un hombre vestido con un traje pingüino se acerca por el callejón y me invita a bailar. Cuando me pongo de pie me impresiona mi altura. No llego al ombligo del hombre. Me observo en una ventana. Soy una niña. Llevo puesto un vestido de pana floreado y una vincha con una moña bordeaux. Me paro sobre los pies del señor y fijo mi mirada en él. Qué alto que parece. Sus ojos son iguales a los míos, celestes con forma de almendra. Me da la sensación de estar mirándome en un espejo mágico que me imagina y dibuja como hombre. Baila muy bien y yo simplemente me dejo llevar. Me levanta y baila conmigo en sus brazos, mi cabeza apoyada sobre su hombro. Mis pies están a un metro del piso, qué cómoda que estoy. Me quedo dormida.
Abro los ojos, el anciano sigue tocando el piano pero no hay clarinete ni saxo. El señor al que me parecía ya no está. Deduzco por el tamaño de mis zapatos que ya no soy una niña. Me levanto, dejo una moneda en el sombrero que hay en el piso y me alejo.
Tenés imágenes muy fuertes, como en el anterior del jugo de naranja y en Afrodito. Me gustaría hablar del tema por el medio instantáneo.
viste lo que es no? pure magic. ya vamos a hacer más, mejores. Aunque siempre necesitamos un tiempo para cargar energías para ponernos frente a la cámara. me alegro que te hayas reído. =)
deja de poner cosas sobre Biarritz por todos lados porque el resto de los mortales lejos de ese bello mundo de patisseriè y chocolat sufre cuando lo ve. en una buena jaja =D.
Siempre supe que tenías algo de Lolita adentro…