Una aventura sagitariana

Ese día me desperté con una sensación de vacío. Aquel vacío que es también lienzo en blanco. Mamá estaba de viaje hacía tres semanas visitado a nuestros familiares en el exterior. Papá tenía mucho trabajo, sonaba el teléfono y me daba cuenta por la expresión en su rostro que hablaba de cosas importantes, cosas de grandes. Había una canilla que goteaba hacía dos días y nadie la arreglaba. Hasta los perros parecían estar más aburridos que de costumbre. Los días se hacían eternos y, para mi desgracia, ya había leído todos los libros de la lista del colegio para el año siguiente. Traté de leerlos despacito sabiendo que ese verano estaríamos en el campo y muy lejos de cualquier biblioteca, pero fracasé.

Sólo el caballo captaba mi atención. Estaba en un corral cerca de la casa y era tan blanco como las camisas de Mamá. Aunque tenía estrictamente prohibido acercarme a él, todas las mañanas le llevaba una zanahoria a escondidas. Un día nos miramos fijo a los ojos. Me vi reflejada en dos espejos convexos llenos de vida y perdí la noción del tiempo. Me acerqué y le besé el hocico, no tuve que agacharme ni ponerme de puntitas de pie.

Esa noche comimos cordero y verduras al horno con Papá. Estábamos los dos enfrentados en una mesa demasiado larga para dos personas. Escuchamos Impromptu 4 de Schubert durante toda la cena y hablamos de todo un poco. Le pregunté si habíamos traído mi libro A Wrinkle in Time. Me dijo que no, y que ya lo había leído demasiadas veces. Le dije que tenía sueño y me fui a dormir.

Cuando me desperté el plan ya estaba ideado, lo debo haber hecho en mis sueños. Todavía estaba oscuro afuera. Me puse un pantalón de pana bordeaux, una camisa rosa pálida con florcitas y mis botas de montar. Caminé con sigilo hasta la puerta y me pregunté si el piso de madera siempre crujía tanto. Salí, zanahoria en mano, y fui hasta el galpón a buscar el bozal.

Me escapé sin montura ni destino. El caballo galopaba a máxima velocidad por el angosto camino de pedregullo. Dos interminables hileras de álamos plateados a cada lado del camino me recordaban la rapidez con la que nos desplazábamos. Sentí una conexión intensa con el animal, una especie de confianza instintiva en su sabiduría. Sostenía las riendas casi de forma simbólica y me contuve de soltarlas.

Discerní a lo lejos la pequeña tranquera blanca que indicaba que nos estábamos acercando a la entrada del campo. Aunque había visto al capataz hacerlo muchísimas veces, tuve miedo de no saber como abrirla y quedarme allí encerrada. Me visualicé volviendo al corral, encerrando al caballo, poniéndome el pijama y metiéndome en la cama como si nada hubiera pasado. Quise llorar pero, justo cuando nuestra aventura parecía destinada al fracaso, sentí al caballo galopar con más fuerza, cada vez más rápido. No sé por qué, pero de todas las sensaciones que me invadieron, el miedo no fue una de ellas. Cerré los ojos y me agarré con más fuerza. Sentí cosquillas en la panza, un golpe y de nuevo galope. Miré hacia atrás. ¡Lo habíamos logrado!

Galopamos y galopamos por el camino vecinal. Millones de tonos de verde titilaban a nuestro alrededor. Cruzamos cañadas y puentes hasta que comenzamos a subir. Ya no estábamos sobre un camino definido, estábamos dibujando nuestro propio camino al andar, esquivando grandes rocas que amenazaban con detener nuestro impulso. Mi pantalón estaba mojado por el sudor del caballo, pero él no parecía estar cansado.

Trepamos hasta llegar a la cima del cerro donde frenamos en seco. Me bajé de un salto y me senté en una roca al sol. No sentí placer al llegar a la cima, sólo una pequeña decepción de que aquél cerro no fuera más alto para continuar galopando. Distinguí en la distancia el casco de la estancia. En ese preciso instante vi que la camioneta de mi papá comenzaba a moverse. Iba tan rápido que entendí que se acercaba el fin de la aventura. Me acosté sobre la roca y esperé junto a mi amigo el caballo la llegada del discurso adulto.

One Comment

  1. Pablo

    Clap Clap linda! espero que en algun rincon de tu casa tengas un cuaderno con mas relatos de estos que siempre parecen tener un foco en tu infancia. Don't worry you're still a kid to me! 😀 besote.

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